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Superar el ‘tsundoku’

Superar el ‘tsundoku’enero 14, 2017 11:28 am

Anticoncepción, mujeres y género

Anticoncepción, mujeres y génerojulio 7, 2016 8:45 am

Tengo libre condición y no gusto de sujetarme

Tengo libre condición y no gusto de sujetarmeabril 22, 2016 11:24 am

EditorAs

EditorAsmarzo 29, 2016 4:10 pm

Paseo por el laberinto

Paseo por el laberintonoviembre 26, 2015 9:44 am

Superar el ‘tsundoku’

por Delia

En su bonito álbum Lost in translation, publicado en España por Libros del Zorro Rojo, Elle Frances Sanders recopila e ilustra palabras intraducibles de distintos idiomas. Entre ellas, la japonesa tsundoku, término que designa la acumulación de libros no leídos.

Mi tsundoku no es crónico, pero sí cíclico: suele tener un pico en primavera, cuando se suceden el Día del Libro, mi cumpleaños, el de Mikel y la Feria del Libro; y otro en Navidad. Por lo general, me encanta tener lecturas pendientes, son como una promesa de felicidad asegurada. Pero puede que este año sea la primera vez que enlace un tsundoku con otro, porque mis planes de futuro inmediato no auguran mucho tiempo libre.

En lo más alto de mi montaña de libros pendientes está Qué vergüenza (Seix Barral), primera obra de la chilena Paulina Flores. En 2016 he leído a muchas autoras noveles, como Alicia Kopf (Hermano de hielo, Alpha Decay), Gabriela Ybarra (El comensal, Caballo de Troya) o Emma Cline (Las chicas, Anagrama), todas saludadas como grandes debuts.

Por un lado me alegra que haya tantas escritoras jóvenes irrumpiendo en la escena literaria, pero también me lleva a preguntarme si no serán víctimas de cierto tsundoku mediático, siempre a la búsqueda de la última novedad, en el que cada título sepulta al anterior. No me gustaría olvidar que Selva Almada o Guadalupe Nettel, que fueron recibidas con entusiasmo similar en temporadas anteriores, siguen publicando. Y qué decir de veteranas en plena forma que han vuelto en 2016, como Edna O’Brien (Las sillitas rojas, Errata Naturae), Margaret Atwood (Por último, el corazón, Salamandra) o Paloma Díaz-Mas (Lo que olvidamos, Anagrama).

Espero que Flores, Kopf, Ybarra o Cline no sean un one hit wonder. Ojalá sigan escribiendo buenos libros en los próximos años y obtengan la repercusión que merecen. Es cierto que ha habido autoras maravillosas con una única obra: me vienen a la cabeza Jetta Carleton y su inolvidable Cuatro hermanas (Libros del Asteroide) o Harper Lee con Matar a un ruiseñor. Pero preferiría que estas jóvenes autoras tuvieran carreras un poco más fructíferas, para que sigan contribuyendo a mi tsundoku con libros trascendentes o, al menos, entretenidos.

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Anticoncepción, mujeres y género

por Delia

Acabo de leer una breve historia de los inicios de la «píldora» en España y Polonia (1960-1980) que me ha dejado los ojos como platos. ¿Sabíais que durante la década de los 60 la jerarquía católica se planteó respaldar el uso de la píldora dentro del matrimonio como una forma «natural» de ejercer la «paternidad responsable»? ¿Y habrías imaginado que en la España franquista, donde los anticonceptivos estaban prohibidos, la píldora se consumió más que en la Polonia comunista, donde su uso era legal?

El libro de Agata Ignaciuk y Teresa Ortiz Gómez, publicado por Catarata, cuenta cómo se introdujeron los anticonceptivos hormonales en estos dos países de fuerte tradición católica durante dictaduras de signo contrario. Al final, los problemas de producción y abastecimiento polacos resultaron entorpecer más la circulación de la «píldora» que  las leyes españolas.

Los laboratorios, con la complicidad de ciertos médicos, empezaron a ofrecer anticonceptivos hormonales en España bajo el nombre de anovulatorios u ovulostáticos para tratar supuestos desarreglos menstruales. Estos usos «terapéuticos», considerados morales por muchos católicos, se fueron ampliando con el paso de los años hasta una progresiva normalización del uso de los anticonceptivos tras el fin de la dictadura.

En Polonia, con mayor presencia de mujeres en la profesión médica y un respaldo institucional al control de natalidad, el conocimiento de la «píldora» llegó a la vez que a España, pero su difusión resultó aún más problemática. Los medicamentos extranjeros eran caros y difíciles de encontrar y la producción autóctona, insuficiente para garantizar un uso continuado a las mujeres, que preferían otros métodos anticonceptivos, entre ellos el aborto, entonces legal y gratuito.

Así, las encuestas indican que en 1977 un 7% de mujeres polacas usaban anticonceptivos orales, frente a un 12% de las españolas. En ese mismo año, el 15% de las polacas afirmaba usar preservativo, frente a un escaso 5% de españolas. Una de las informantes a las que han entrevistado las autoras da una pista de por qué esa cifra tan baja: «Niña, qué cosa más dura era eso. Ahora vienen suavicos, pero eso era.. digo, pobretico, si eso se le iba a sollar [risa]. De duro que era [risa]. Era tremendo. Pero bueno. […] Era ilegal, eso era en las farmacias a escondidas, a escondidas. Hacían así como, como si fuera droga ahora».

Los inconvenientes de la «píldora» también se trataron ampliamente en la prensa médica y generalista, tanto de opinión como revistas para mujeres, así como en las publicaciones feministas. Pero a las españolas parece que el temor a los efectos secundarios les influyó menos que a las mujeres de otros países, entre ellos Polonia, probablemente porque en la España de entonces adquirir anticonceptivos resultaba tan complicado que cualquier método seguro era bienvenido.

Tanto en la España como en la Polonia de la época las prácticas anticonceptivas más extendidas eran las más ineficaces, el coitus interruptus y el método Ogino, este último con las bendiciones de la Iglesia Católica, aunque mucha gente era consciente de su poca fiabilidad. Como cuenta otra informante: «hubo una charla en el pueblo de… donde era mi marido, a los padres y madres de familia enseñándoles el método Ogino, y bueno, de esa charla salieron como 14 o 15 niños».

Aunque hoy parezca ciencia ficción, hubo un momento en el que la jerarquía eclesiástica se planteó cambiar su posición al respecto. Tras el Concilio Vaticano II, se convocó una Comisión Pontificia para la Población, la Familia y la Natalidad, que concluyó en 1967 con un informe mayoritario a favor de la autorización del uso de la «píldora» en los matrimonios católicos. El papa Pablo VI se decantó, sin embargo, por el informe minoritario y condenó cualquier control «artificial» de la natalidad (dónde está la naturalidad del método Ogino no me queda claro, pero prefiero no indagar en los fetichismos y obsesiones de cierta gente).

Todo esto, y mucho más, lo cuentan Agata Ignaciuk y Teresa Ortiz Gómez en Anticoncepción, mujeres y género. La «píldora» en España y Polonia (1960-1980), un libro que sintetiza con claridad los puntos más interesantes de una extensa investigación académica que también han plasmado en otras publicaciones especializadas.

Anticoncepción, mujeres y género

[La foto del libro es de sus autoras. La foto de portada de este artículo es de Oscar Keys, https://unsplash.com/@oscartothekeys]

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Tengo libre condición y no gusto de sujetarme

por Delia

No hay mejor homenaje para un escritor que leer su obra, así que en este día del libro y cuarto centenario de la muerte de Cervantes, quiero compartir el que sea tal vez mi fragmento favorito del Quijote, el monólogo en el que la pastora Marcela argumenta que no está obligada «a amar a quien le ama». Frente a una literatura (reflejo a su vez de una sociedad) que presenta a las mujeres como meros objetos amorosos, receptores pasivos de las atenciones del hombre, Marcela se declara libre:  «Yo, como sabéis, tengo riquezas propias, y no codicio las ajenas; tengo libre condición, y no gusto de sujetarme». En esa mescolanza metaliteraria tan propia del Quijote, este episodio sirve a Cervantes para criticar los tópicos de la novela pastoril, pero también es, por qué no decirlo, un sorprendente alegato feminista.

«Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera, que, sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura, y por el amor que me mostráis decís y aun queréis que esté yo obligada a amaros. Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama. Y más, que podría acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir «Quiérote por hermosa: hasme de amar aunque sea feo». Pero, puesto caso que corran igualmente las hermosuras, no por eso han de correr iguales los deseos, que no todas las hermosuras enamoran: que algunas alegran la vista y no rinden la voluntad; que si todas las bellezas enamorasen y rindiesen, sería un andar las voluntades confusas y descaminadas, sin saber en cuál habían de parar, porque, siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos habían de ser los deseos. Y, según yo he oído decir, el verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario, y no forzoso. Siendo esto así, como yo creo que lo es, ¿por qué queréis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más de que decís que me queréis bien? Si no, decidme: si como el cielo me hizo hermosa me hiciera fea, ¿fuera justo que me quejara de vosotros porque no me amábades? Cuanto más, que habéis de considerar que yo no escogí la hermosura que tengo, que tal cual es el cielo me la dio de gracia, sin yo pedilla ni escogella. Y así como la víbora no merece ser culpada por la ponzoña que tiene, puesto que con ella mata, por habérsela dado naturaleza, tampoco yo merezco ser reprehendida por ser hermosa, que la hermosura en la mujer honesta es como el fuego apartado o como la espada aguda, que ni él quema ni ella corta a quien a ellos no se acerca. La honra y las virtudes son adornos del alma, sin las cuales el cuerpo, aunque lo sea, no debe de parecer hermoso. Pues si la honestidad es una de las virtudes que al cuerpo y al alma más adornan y hermosean, ¿por qué la ha de perder la que es amada por hermosa, por corresponder a la intención de aquel que, por solo su gusto, con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda? Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos: los árboles destas montañas son mi compañía; las claras aguas destos arroyos, mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado y espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras; y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisóstomo, ni a otro alguno el fin de ninguno dellos, bien se puede decir que antes le mató su porfía que mi crueldad. Y si se me hace cargo que eran honestos sus pensamientos y que por esto estaba obligada a corresponder a ellos, digo que cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su sepultura me descubrió la bondad de su intención, le dije yo que la mía era vivir en perpetua soledad y de que sola la tierra gozase el fruto de mi recogimiento y los despojos de mi hermosura; y si él, con todo este desengaño, quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento, ¿qué mucho que se anegase en la mitad del golfo de su desatino? Si yo le entretuviera, fuera falsa; si le contentara, hiciera contra mi mejor intención y prosupuesto. Porfió desengañado, desesperó sin ser aborrecido: ¡mirad ahora si será razón que de su pena se me dé a mí la culpa! Quéjese el engañado, desespérese aquel a quien le faltaron las prometidas esperanzas, confíese el que yo llamare, ufánese el que yo admitiere; pero no me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito. El cielo aún hasta ahora no ha querido que yo ame por destino, y el pensar que tengo de amar por elección es escusado. Este general desengaño sirva a cada uno de los que me solicitan de su particular provecho; y entiéndase de aquí adelante que si alguno por mí muriere, no muere de celoso ni desdichado, porque quien a nadie quiere a ninguno debe dar celos, que los desengaños no se han de tomar en cuenta de desdenes. El que me llama fiera y basilisco déjeme como cosa perjudicial y mala; el que me llama ingrata no me sirva; el que desconocida, no me conozca; quien cruel, no me siga; que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida ni los buscará, servirá, conocerá ni seguirá en ninguna manera. Que si a Grisóstomo mató su impaciencia y arrojado deseo, ¿por qué se ha de culpar mi honesto proceder y recato? Si yo conservo mi limpieza con la compañía de los árboles, ¿por qué ha de querer que la pierda el que quiere que la tenga con los hombres? Yo, como sabéis, tengo riquezas propias, y no codicio las ajenas; tengo libre condición, y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie; no engaño a este ni solicito aquel; ni burlo con uno ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene. Tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera.»

Fuente: http://cvc.cervantes.es/literatura/clasicos/quijote/edicion/parte1/cap14/cap14_02.htm

[FOTO: Karsten Würth]

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EditorAs

por Delia

Cualquiera que conozca un poco el mundo del libro lo sabe: las editoriales están llenas de mujeres. Al igual que hay más lectoras que lectores (al menos en España, según la encuesta de hábitos y prácticas culturales 2014-2015), también somos más editoras que editores.

Pero esta mayoría detrás de las páginas no anula la desigualdad sobre ellas. La brecha de género empieza en las portadas, como denunció en 2013 la autora Maureen Johnson. Su queja sobre el mensaje que mandaba la cubierta de su novela (con aspecto de folletín «para chicas») dio pie a una interesante iniciativa sobre el sesgo de género en el diseño editorial, en la que numerosas personas se lanzaron a imaginar cómo serían las portadas de ciertos libros si cambiara el sexo del autor o la autora.

Mientras que la edición tradicional se ha convertido en un oficio mayoritariamente femenino, no ocurre lo mismo con la edición digital. Un caso paradigmático es el de Wikipedia, donde se calcula que solo entre el 9% y el 15% de las personas que la editan son mujeres. Los estudios suelen poner este dato al lado de otros, como el sesgo de género en la cobertura de temas o en la redacción de las entradas: en los artículos sobre mujeres es mucho más frecuente encontrar referencias a su familia y sus relaciones personales que en los que tratan sobre hombres.

Pero el problema no se resuelve solo aumentando la cantidad de mujeres editoras, como el caso del mundo del libro pone de manifiesto. Adrianne Wadewitz explicaba bien las razones en un artículo de 2013. Por un lado, porque combatir el sexismo no es una tarea reservada únicamente a las mujeres, los hombres también deberían preocuparse por ello. Y por otro lado, porque más allá de la responsabilidad individual también existen cuestiones estructurales.

Un ejemplo son los bancos de imágenes. Cuando buscamos fotos de obras de arte para ilustrar libros de texto, recurrimos por lo general a agencias, en cuyos catálogos las artistas están infrarrepresentadas como lo están en la historia oficial, desde los museos hasta los libros. De modo que si buscas un cuadro surrealista para tu página es mucho más fácil que des con veinte de Dalí antes que con uno de Maruja Mallo.

Está claro que, si perseveras, puedes vencer esos obstáculos, pero para ello debes, en primer lugar, verlos como tales. Si no te planteas cuestiones de género, si no te parece que en las novelas escritas por mujeres sobran portadas «femeninas» o que en los libros de texto faltan artistas, escritoras, filósofas y científicas, no tendrás ninguna motivación para intentar cambiar las cosas.

[FOTO: Erez Attias]

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Paseo por el laberinto

por Delia

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos derechos al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo.

Está todavía por llegar la época en la que el inmortal inicio de Historia de dos ciudades no resulte vigente. Charles Dickens lo escribió en 1859 y se refería a 1775, pero es difícil no leerlo hoy con un escalofrío, y probablemente lo mismo ha pensado cualquier lector desde entonces.

Para esa vigencia cabrían, al menos, dos explicaciones. Por un lado, la cíclica, o en palabras del poeta Ángel GonzálezNada es lo mismo, nada / permanece. Menos / la Historia y las morcillas de mi pueblo: / se hacen las dos con sangre, se repiten.

La segunda explicación tendría que ver con la maestría de Dickens, capaz de escribir un párrafo a la vez vago y preciso, cual predicción de horóscopo, en el que cualquier persona de cualquier época puede verse reflejada. Los humanos tendemos a considerar que nuestras vidas son relevantes y los momentos que vivimos, «históricos», en ese sentido del que tanto abusan los periodistas y que convertiría histórico en sinónimo de decisivo, crucial o trascendental, como si no supiéramos (o no quisiéramos recordar) que la historia también se hace con instantes nimios y personas insignificantes.

Hay que ser muy sabio, o estar muy loco, para resistirse al efecto zoom que provoca nuestra propia existencia hacia todo aquello con lo que estamos conectados. Creo que el autor que más me ha impresionado en ese sentido ha sido Israel Yehoshua Singer, capaz de hacer sobre la marcha (se publicó por primera vez en 1943) un implacable retrato de los judíos alemanes (La familia Karnowsky) que hiela la sangre en las venas sin grandilocuencia épica ni sentimentalismo fácil.

Los personajes de Singer no resultan creíbles, ni realistas, ni mucho menos simpáticos; pero da igual, porque la novela rezuma una verdad colectiva. Como si fuera un cuadro puntillista, adquiere sentido en la observación lejana: los rasgos individuales dejan de parecer toscos y estereotipados si se ven en conjunto.

–¡Bienvenido, rabí Karnowsky, sea bienvenido! ¿Qué sucede por el gran mundo?

–Nada bueno, reb Efraim –respondió Karnowsky–. Un mundo malvado, nuestro mundo de hoy.

–Nunca fue mejor, rabí Karnowsky –replicó reb Efraim, sonriendo bajo la barba blanca, algo más verdosa y más rala con los años.

Berlín, finales de los años 30, y el sabio judío se resiste a admitir que vive el peor de los tiempos. No está loco, no ignora la gravedad de la situación, simplemente está convencido de que el mundo siempre ha sido así y que, a pesar de todo, la cultura y la filosofía sobreviven a la ignorancia y la destrucción personal.

La historia no es cíclica, es laberíntica. Un círculo sería demasiado previsible. Sabemos que el horror y el fanatismo nos pueden asaltar en cualquier esquina, pero no sabemos exactamente en cuál. Del mismo modo, las ideas ilustradas nunca mueren del todo con estos embates, van y vuelven como una marea, y siempre hay algún reb Efraim que las recoge, las relaciona, las reelabora y las devuelve al mundo.

Tras el horror que relataba Singer, Europa resurgió. Hoy es de nuevo una idea herida. La sangre de esta herida no es metafórica, como tampoco lo son sus consecuencias. Volvemos a un rincón oscuro del laberinto. O en las palabras que Ursula K. Le Guin utilizaba en La mano izquierda de la oscuridad (Minotauro) en una conversación entre extraterrestres de distintos mundos:

–No, no hablo del amor, cuando me refiero al patriotismo. Hablo del miedo. El miedo del otro. Y las expresiones de ese miedo son políticas, no poéticas: odio, rivalidad, agresión. Crece en nosotros, ese miedo, crece en nosotros año a año. Nuestro camino nos llevó demasiado lejos. Y usted, que procede de un mundo donde las naciones desaparecieron hace siglos, que apenas entiende de qué hablo, que nos ha mostrado el nuevo camino…

[FOTO: Mikel Navarro. Laberinto pintado en un quai del Sena, en París, agosto de 2015.]

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