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Las falsas falsas autónomasoctubre 8, 2019 10:21 am

Las falsas falsas autónomas

por Delia

Últimamente se habla mucho de falsos autónomos, obligados a darse de alta como trabajadores por cuenta propia aunque sus funciones son equivalentes a las de un trabajador por cuenta ajena. Las características concretas cambian de un caso a otro, pero por definirlos a grandes rasgos: trabajan para una única empresa, deben cumplir un horario, no pueden escoger libremente a sus clientes y están enmarcados dentro de una estructura jerárquica.

Los falsos autónomos son un ejemplo paradigmático del precariado y su proliferación, un síntoma más del desequilibrio de las relaciones laborales en una sociedad en la que los trabajadores hemos perdido la perspectiva de la lucha colectiva por nuestros derechos y hacemos casi cualquier cosa con tal de obtener un sueldo que nos dé para pagar el alquiler.

Pero a la sombra de este gran problema, existen otros. Por ejemplo, las falsas falsas autónomas. Es decir, personas que sí trabajan como autónomas pero tienen que hacer grandes esfuerzos para convencer a Hacienda o a la Seguridad Social de que es así. Y con grandes esfuerzos no me refiero a llevar sus cuentas al día, pagar las cuotas y los impuestos correspondientes, eso lo hacen puntualmente.

El problema de las falsas falsas autónomas es que tienen que aportar justificaciones adicionales para no ser sospechosas. Si tienen ingresos escasos e irregulares, Hacienda sospecha que no dicen la verdad. Si tienen ingresos regulares y estables, la Seguridad Social sospecha que no dicen la verdad.

Quizás habéis oído hablar de esas cartas que manda Hacienda a profesionales que considera que ganan poco. Hacienda sospecha que pueden estar escondiendo parte de sus ganancias en negro, y es posible que algunos lo hagan, pero poneros en la piel de los que no lo hacen y reciben ese aviso, como mi amiga K. Se está esforzando por sacar su negocio adelante, los ingresos no son tan altos como le gustaría y encima Hacienda le dice «ojo, no me fío de los pobres, sois todos unos mentirosos».

Luego hay otros casos de los que, de momento, no he oído a nadie hablar. Profesionales freelance que trabajan principalmente con una empresa, sin exclusividad, como mi amiga D. Trabaja desde casa, organiza su horario como quiere, recibe encargos de larga duración y muchas veces los cobra prorrateados por meses (coincidiendo con entregas parciales), para no esperar al final del proyecto a facturar. Bien, pues resulta que, para la Seguridad Social, mi amiga D. no es autónoma.

Por obra y gracia de la inspección de trabajo, D. se encuentra dada de alta como empleada por cuenta ajena de una editorial. Sus argumentos no son tenidos en cuenta: cuando aduce que tiene otros clientes, la inspectora responde que eso se llama pluriempleo; cuando explica que trabaja en casa con sus propios medios y total libertad de horarios, la inspectora le dice que eso es teletrabajo. Mi amiga D. no puede, según la Seguridad Social, trabajar como editora externa de ninguna editorial porque las empresas no pueden externalizar su actividad principal.

Y entonces, ¿qué puede hacer? Ella querría recurrir la resolución y obtener por vía judicial el visto bueno a su forma de trabajar, pero su abogada le dice que tiene muy pocas probabilidades de éxito.

Otra opción es ignorar la advertencia y seguir trabajando como trabajaba, como nos consta que siguen trabajando miles de editores freelance para la mayoría de editoriales del país (probablemente para todas las que aún no ha visitado la inspección de trabajo). No obstante, ella ya no puede evitar la sensación de que está pisando suelo quebradizo y que en cualquier momento todo se puede venir abajo.

También puede aceptar solo encargos de clientes particulares, pero esto ya lo ha probado y no le interesa: las tareas de gestión se multiplican sin multiplicar los ingresos (a veces, lo que aumenta es la dificultad para cobrar, de hecho). Por eso prefería trabajar con empresas grandes, porque le garantizaban un flujo de encargos (y de ingresos) continuo que el menudeo de pequeños clientes no proporciona.

Por último, queda la opción de aceptar la medida de la Seguridad Social, dejar de ser autónoma e incorporarse como empleada en esa empresa en la que la inspección le ha dado de alta. La opinión (paternalista) imperante es que la Seguridad Social le ha hecho un favor al reconocer la relación laboral, porque gana «derechos». ¡Ahora tienes un contrato indefinido!, le dicen, como si eso fuera la meta común de la humanidad.

Lo cierto es que mi amiga D. se siente estafada. Pierde libertad (ahora sí tiene que cumplir unos horarios e insertarse en una estructura jerárquica), pierde tiempo (a las horas de trabajo hay que añadir el largo trayecto de ida y vuelta a la oficina) y pierde dinero (ya no va a tener otros clientes, porque ahora que los encargos de la empresa grande pasan a ser trabajo por cuenta ajena, no le compensa pagar las cuotas de autónomos para los encargos puntuales que tenía de otros clientes).

En un rapto de optimismo, se me ocurre que mi amiga D. puede probar otra vía. Podría montar una empresa o cooperativa con otros editores, para seguir trabajando como proveedores externos de servicios editoriales. Y empiezo a convencerla: ya no serían actores individuales, sino un colectivo; podrían diversificar y trabajar con más de una empresa grande; podrían tener más libertad que siendo asalariados pero sin padecer la «soledad del autónomo» y…

En mitad de mi sueño, me acuerdo otra vez de mi amiga K. y sus dificultades para sacar adelante su negocio. No es fácil mantenerse a uno mismo, así que más difícil aún será conseguir sacar adelante una empresa que dé trabajo a varios, con la responsabilidad y los potenciales problemas que eso conlleva.

¿Qué me decís? ¿Somos las únicas locas que queremos trabajar así o conocéis más historias de falsos falsos autónomos? ¿Se os ocurre qué podemos hacer? Cualquier consejo, reflexión, idea o posible solución es bienvenida.

[FOTO: Roman Romashov]

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