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Las falsas falsas autónomas

Las falsas falsas autónomasoctubre 8, 2019 10:21 am

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Las reinas del patio

Las reinas del patiooctubre 27, 2017 10:30 am

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Marcosoctubre 18, 2017 4:11 pm

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Las falsas falsas autónomas

por Delia

Últimamente se habla mucho de falsos autónomos, obligados a darse de alta como trabajadores por cuenta propia aunque sus funciones son equivalentes a las de un trabajador por cuenta ajena. Las características concretas cambian de un caso a otro, pero por definirlos a grandes rasgos: trabajan para una única empresa, deben cumplir un horario, no pueden escoger libremente a sus clientes y están enmarcados dentro de una estructura jerárquica.

Los falsos autónomos son un ejemplo paradigmático del precariado y su proliferación, un síntoma más del desequilibrio de las relaciones laborales en una sociedad en la que los trabajadores hemos perdido la perspectiva de la lucha colectiva por nuestros derechos y hacemos casi cualquier cosa con tal de obtener un sueldo que nos dé para pagar el alquiler.

Pero a la sombra de este gran problema, existen otros. Por ejemplo, las falsas falsas autónomas. Es decir, personas que sí trabajan como autónomas pero tienen que hacer grandes esfuerzos para convencer a Hacienda o a la Seguridad Social de que es así. Y con grandes esfuerzos no me refiero a llevar sus cuentas al día, pagar las cuotas y los impuestos correspondientes, eso lo hacen puntualmente.

El problema de las falsas falsas autónomas es que tienen que aportar justificaciones adicionales para no ser sospechosas. Si tienen ingresos escasos e irregulares, Hacienda sospecha que no dicen la verdad. Si tienen ingresos regulares y estables, la Seguridad Social sospecha que no dicen la verdad.

Quizás habéis oído hablar de esas cartas que manda Hacienda a profesionales que considera que ganan poco. Hacienda sospecha que pueden estar escondiendo parte de sus ganancias en negro, y es posible que algunos lo hagan, pero poneros en la piel de los que no lo hacen y reciben ese aviso, como mi amiga K. Se está esforzando por sacar su negocio adelante, los ingresos no son tan altos como le gustaría y encima Hacienda le dice «ojo, no me fío de los pobres, sois todos unos mentirosos».

Luego hay otros casos de los que, de momento, no he oído a nadie hablar. Profesionales freelance que trabajan principalmente con una empresa, sin exclusividad, como mi amiga D. Trabaja desde casa, organiza su horario como quiere, recibe encargos de larga duración y muchas veces los cobra prorrateados por meses (coincidiendo con entregas parciales), para no esperar al final del proyecto a facturar. Bien, pues resulta que, para la Seguridad Social, mi amiga D. no es autónoma.

Por obra y gracia de la inspección de trabajo, D. se encuentra dada de alta como empleada por cuenta ajena de una editorial. Sus argumentos no son tenidos en cuenta: cuando aduce que tiene otros clientes, la inspectora responde que eso se llama pluriempleo; cuando explica que trabaja en casa con sus propios medios y total libertad de horarios, la inspectora le dice que eso es teletrabajo. Mi amiga D. no puede, según la Seguridad Social, trabajar como editora externa de ninguna editorial porque las empresas no pueden externalizar su actividad principal.

Y entonces, ¿qué puede hacer? Ella querría recurrir la resolución y obtener por vía judicial el visto bueno a su forma de trabajar, pero su abogada le dice que tiene muy pocas probabilidades de éxito.

Otra opción es ignorar la advertencia y seguir trabajando como trabajaba, como nos consta que siguen trabajando miles de editores freelance para la mayoría de editoriales del país (probablemente para todas las que aún no ha visitado la inspección de trabajo). No obstante, ella ya no puede evitar la sensación de que está pisando suelo quebradizo y que en cualquier momento todo se puede venir abajo.

También puede aceptar solo encargos de clientes particulares, pero esto ya lo ha probado y no le interesa: las tareas de gestión se multiplican sin multiplicar los ingresos (a veces, lo que aumenta es la dificultad para cobrar, de hecho). Por eso prefería trabajar con empresas grandes, porque le garantizaban un flujo de encargos (y de ingresos) continuo que el menudeo de pequeños clientes no proporciona.

Por último, queda la opción de aceptar la medida de la Seguridad Social, dejar de ser autónoma e incorporarse como empleada en esa empresa en la que la inspección le ha dado de alta. La opinión (paternalista) imperante es que la Seguridad Social le ha hecho un favor al reconocer la relación laboral, porque gana «derechos». ¡Ahora tienes un contrato indefinido!, le dicen, como si eso fuera la meta común de la humanidad.

Lo cierto es que mi amiga D. se siente estafada. Pierde libertad (ahora sí tiene que cumplir unos horarios e insertarse en una estructura jerárquica), pierde tiempo (a las horas de trabajo hay que añadir el largo trayecto de ida y vuelta a la oficina) y pierde dinero (ya no va a tener otros clientes, porque ahora que los encargos de la empresa grande pasan a ser trabajo por cuenta ajena, no le compensa pagar las cuotas de autónomos para los encargos puntuales que tenía de otros clientes).

En un rapto de optimismo, se me ocurre que mi amiga D. puede probar otra vía. Podría montar una empresa o cooperativa con otros editores, para seguir trabajando como proveedores externos de servicios editoriales. Y empiezo a convencerla: ya no serían actores individuales, sino un colectivo; podrían diversificar y trabajar con más de una empresa grande; podrían tener más libertad que siendo asalariados pero sin padecer la «soledad del autónomo» y…

En mitad de mi sueño, me acuerdo otra vez de mi amiga K. y sus dificultades para sacar adelante su negocio. No es fácil mantenerse a uno mismo, así que más difícil aún será conseguir sacar adelante una empresa que dé trabajo a varios, con la responsabilidad y los potenciales problemas que eso conlleva.

¿Qué me decís? ¿Somos las únicas locas que queremos trabajar así o conocéis más historias de falsos falsos autónomos? ¿Se os ocurre qué podemos hacer? Cualquier consejo, reflexión, idea o posible solución es bienvenida.

[FOTO: Roman Romashov]

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Lee estos libros

por Delia

Cuando en las conversaciones con amigos o conocidos se habla de deporte, series, bares, ropa o ligues (por citar solo algunos temas posibles), tengo muy poco que decir. Pero cuando se habla de libros se me acumulan los consejos y las recomendaciones.

Así que he decidido hacer una lista de los libros que más he disfrutado en los últimos tiempos, a modo de chuleta, para esos amigos y conocidos (y cualquier persona que pase por aquí) que busquen una recomendación sobre qué leer. De momento me voy a ceñir a novelas, próximamente ampliaré a otros géneros.

  • Americanah, Chimamanda Ngozi Adichie (Literatura Random House). No sé si tiene más de entretenimiento o de política, pero un novelón, en cualquier caso.
  • Un año en los bosques, Sue Hubbell (Errata Naturae). Transmite más paz que una clase de yoga sin enmascarar las dificultades de la pretendida utopía rural.
  • Asamblea ordinaria, Julio Fajardo (Libros del Asteroide). Un retrato de la crisis que no cesa. Breve, preciso, coral y anónimo (me fascinó de veras esa capacidad de completar la narración sin nombrar a ninguno de los personajes).
  • El club de los mentirosos, Mary Karr (Periférica & Errata Naturae). Una historia real bastante dura contada por su protagonista de forma magistral y divertida, aunque no bajéis la guardia porque tiene un par de episodios escabrosos que no hay humor que mitigue.
  • El verano sin hombres, Siri Hustvedt (Anagrama). Lo peor de este libro es lo ignorante que me hace sentir ante la cantidad de referencia de las ciencias y las artes que la autora maneja con soltura y que a mí se me escapan. Lo mejor, que se puede aprender de ella.
  • Vernon Subutex, Virginie Despentes (Literatura Random House). Igual tanta reseña recalcando los posicionamientos políticos y vitales de Despentes han hecho que la autora haga sombra a su creación. Y, realmente, su creación merece mucho la pena. Un libro redondo, en más de un sentido.
  • Al caer la luz, Jay McInerney (Libros del Asteroide). Una novela de esas que parece ligera aunque va cargadísima de equipaje. Ambientada en el Nueva York de los 80, pero con una conexión con la actualidad innegable, la trama aborda desde la economía a la moda, pasando por las adicciones, la literatura y las relaciones de pareja (si es que son tres cosas distintas).
  • Mejor la ausencia, Edurne Portela (Galaxia Gutenberg). Esta historia también arranca en los años 80, pero en el País Vasco. Y no exactamente el País Vasco que nos cuentan otras novelas recientes como Patria o El comensal, por poner un par de ejemplos. Es uno más pobre, con más heridas que la de la violencia etarra.

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Las reinas del patio

por Delia

Ayer estuve en la presentación en Madrid del libro Las reinas del patio, de la periodista Sonsoles Echavarren. Llegué tarde, porque Mikel tuvo un imprevisto de última hora en el trabajo y hasta que él no volvió a casa para quedarse con Samuel, yo no pude salir. Una anécdota nimia en la vida de los padres de un bebé de 9 meses, pero que viene al caso ya que son esos pedacitos de historias reales los que recoge Las reinas del patio. Pequeñas aventuras cotidianas a las que no damos importancia, porque conforman nuestro día a día, sin darnos cuenta de que precisamente por eso son relevantes: ¿qué puede haber más trascendental que lo que vivimos a diario?

La editorial Eunate ha publicado las columnas de opinión sobre maternidad, crianza y familia escritas por Sonsoles Echavarren en el Diario de Navarra. Con humor y una gran sensibilidad para reflejar su entorno, esta  madre de tres hijos comenta experiencias propias y ajenas sin dar recetas mágicas ni trucos milagrosos. Se nota el oficio de reportera, que es capaz de contar sin juzgar, y además lo hace con un ritmo, una coherencia y una voz propia que dan al libro una unidad más allá de la mera recopilación de artículos.

En realidad, antes de pasar por la imprenta y antes incluso de publicarse como columnas digitales, Las reinas del patio ya existía. Era un grupo de WhatsApp de madres que coincidían a diario en el patio del colegio para recoger a sus hijos y que habían terminado por hacerse amigas.

Ayer, en la presentación del libro, se destacaba que estos vínculos no existían en otra época: cuando éramos pequeñas nuestras madres no sentían la necesidad de hacer amistad con las madres de nuestros compañeros de clase ni nuestros padres se hacían amigos de los padres de nuestras amigas. Se apuntaron razones como la mayor implicación de padres y madres en todos los ámbitos de la vida de sus hijos o la facilidad que dan las redes sociales para establecer estos contactos, pero yo me aventuro a afirmar que el origen de todos estos cambios en torno a la crianza está en la baja natalidad.

Antes ser padre o madre no era una categoría definitoria. La mayor parte de adultos lo eran, por lo que no había necesidad de buscarte amigas madres para compartir experiencias, probablemente ya estaban en tu círculo antes de la maternidad y podíais pasar por esa fase más o menos a la vez.

Pero eso hoy no es tan común. Yo tengo 34 años y la mayoría de mis amigas no tiene hijos, así que sería lógico que buscara tejer esa red de la que carezco en el sitio que me pille más a mano. Aunque confieso que a mí, lectora empedernida y ciudadana un tanto huraña, casi me reconforta más leer las historias de Las reinas del patio en papel que ir a encontrarlas en directo.

[FOTO: Aaron Burden]

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Marcos

por Delia

«Por fin, siendo ya adultos, Álex le había confesado que, por encima de cualquier otro, el motivo por el que le gustaban los libros era el orden que los caracterizaba: las nítidas líneas de letras negras sobre fondo blanco, su férreo paralelismo, la coherencia interna de la tipografía, los márgenes inviolados, los sencillos pero eficaces sistemas para identificar los capítulos y las notas a pie de página. […] También era aficionado al cine, donde el borde de la pantalla ponía frontera a las imágenes por desmesuradas que fueran. Al mismo tiempo, les prestaba legitimidad y atraía la atención sobre ellas. A Álex le encantaba disertar sobre el concepto de marco

Jon Bilbao: Estrómboli, Impedimenta

Editar, este oficio mío al que intento volver tras unos meses de baja, tiene mucho que ver con los marcos. Los editores nos ocupamos de los marcos del texto en este sentido de organización estructural al que se refiere Jon Bilbao en el estupendo cuento que da título a su último libro, Estrómboli, y también debemos estar atentos a las relaciones de significado que los marcos establecen. El famoso contexto.

En el ensayo Aragón es nuestro Ohio, el equipo Piedras de Papel explicaba la importancia de los marcos citando un estudio de Amos Tversky y Daniel Kahneman. Los investigadores piden a un grupo de estudiantes que elijan entre dos planes sanitarios para combatir una epidemia en un pueblo de 600 habitantes: con el plan A se salvan 200 personas, mientras que con el plan B hay una probabilidad de un tercio de que todos se salven y una probabilidad de dos tercios de que todos mueran. La gran mayoría de estudiantes optó por el plan A.

Sin embargo, otro grupo de estudiantes, al que se plantea el mismo problema cambiando solo la redacción de los enunciados, opta mayoritariamente por el plan B. ¿La diferencia? En vez de hacer hincapié en que con el plan A se salvan 200 personas, se decía que fallecerían 400 personas. Recordemos que es un pueblo de 600 habitantes, así que el balance es exactamente el mismo. Pero el marco ha cambiado y la información se recibe, por tanto, de forma distinta.

A la hora de editar libros de texto, especialmente, debemos ser muy cuidadosas con estos marcos. No podemos ignorar que la disposición de la información, la elección de una imagen o determinada redacción transmiten también un mensaje, y que este puede ser tan poderoso como esas palabras, negras sobre blanco, que fascinan al protagonista de Estrómboli.

[FOTO: Jessica Ruscello]

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por Delia

Septiembre es el mes de la vuelta por antonomasia. La vuelta al cole, la vuelta al trabajo, la vuelta a la rutina después de las vacaciones de verano. El inicio del curso lectivo, político, mediático, cultural. Y aunque ya se sabe que los autónomos tendemos a una vida laboral más caótica y desorganizada que el resto, el mundo editorial sigue a rajatabla esta vieja costumbre de comenzar el año en septiembre y terminarlo en junio.

La rentrée me pilla un poco desubicada, la verdad. Con decir que aún no he leído Patria creo que basta para dar una idea precisa de mi retraso en las novedades literarias: dudo mucho que me dé tiempo a acabar ninguno de los grandes libros del otoño antes de que empiece 2018. De hecho, la novedad a la que tengo más ganas de hincar el diente es el séptimo volumen de Saga, la multipremiada serie de cómics de Brian K. Vaughan y Fiona Staples que engancha más que cualquier culebrón televisivo.

A la vez que me pongo al día con las lecturas de placer, tengo que recuperar mi ritmo de trabajo. Este septiembre es especial porque no solo vuelvo de unas vacaciones, sino de una larga pausa de siete meses dedicada a un proyecto personal. Así que ahora me toca volver a llamar a la puerta de antiguos clientes y (si no hay suerte con los anteriores) buscar otros nuevos.

Para mí es la parte menos interesante de mi trabajo como autónoma, esa en la que te sientes como un comercial intentando venderse a sí mismo. Pero aquí estoy. Tengo el lápiz rojo preparado y el portátil encendido. Toc, toc. ¿Os acordáis de mí? He vuelto.

[FOTO: Tim Gouw]

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